40 años de epidemia de VIH

El 5 de junio de 1981, la organización estadounidense de vigilancia y prevención de enfermedades (CDC) informó sobre una forma rara de neumonía entre jóvenes homosexuales de California. Se trata de la primera alerta sobre el SIDA, aunque en ese momento la enfermedad carecía de nombre. El término AIDS (Acquired ImmuneDeficiency Syndrome) apareció en 1982. En español se adoptó SIDA: Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida. Los diarios de la época hablaban de un “raro cáncer” que afectaba a los homosexuales.

En enero de 1983, el equipo del Instituto Pasteur de París dirigido por Françoise Barré-Sinoussi, Jean-Claude Chermann y Luc Montagnier anunció el descubrimiento del lymphadenopathy-associated virus (virus asociado a la linfoadenopatía, LAV), que luego se conoció como Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH). Los investigadores creían que «podría estar implicado» en el SIDA. Un año más tarde, el 23 de abril de 1984, Estados Unidos anunció que el especialista estadounidense Robert Gallo había hallado la «causa probable» del SIDA, con un retrovirus bautizado como HTLV-III.

LAV y HTLV-III son en realidad el mismo virus, que en 1986 fue bautizado como VIH, Virus de Inmunodeficiencia Humana.

En 1998 en la Cumbre Mundial de Ministros de Salud se decide instaurar el 1 de diciembre lo que se llamaría entonces el Día Internacional de la Lucha contra el Sida con el objeto de mostrar solidaridad con aquellas personas que viven con el VIH y para recordar aquellos que han fallecido por el virus.

Activismo

El famoso lazo rojo tiene su origen en el año 1991, en un grupo de artistas neoyorkinos que bajo el nombre de «Visual AIDS Artists’ Caucus» deciden buscar un símbolo que muestre la solidaridad con aquellas personas que tenían el virus.

En estos tiempos, los pacientes sida eran aislados por la sociedad. La gente temía acercarse a las personas seropositivas, ya que se desconocían las vías exactas de transmisión. Por la discriminación, la falta de acceso a tratamientos y las numerosas muertes por sida, desde los inicios de la pandemia el activismo ha tenido un papel fundamental.

El hecho de que se tratara de una enfermedad mortal, con una esperanza de vida muy corta, sin medicamentos, con confusión sobre las vías de transmisión pero apuntando a colectivos concretos como los hombres homosexuales, generó el nacimiento de una novedosa respuesta ciudadana a la crisis. Respuesta que en el campo de la investigación médica, a día de hoy se traduce en la progresiva participación de grupos comunitarios en el debate científico internacional

Tratamiento

Pasados unos años de la irrupción de la pandemia, en 1987 la  Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA) aprobó el primer medicamento TAR frente al VIH: la Zidovudina, más conocido como AZT

 El tratamiento consiste en dosis muy elevadas y su toxicidad, especialmente la anemia, constituye un gran problema. Entre la comunidad de personas con VIH se extiende una corriente de escepticismo sobre su efectividad, hasta el punto de que algunas personas, a pesar de tener acceso, deciden no tomar AZT. 

Casi una década después, en 1995, la FDA aprueba el primer inhibidor de la proteasa (IP) —saquinavir (Invirase)—. El empleo de este fármaco combinado con dos inhibidores de la transcriptasa inversa no análogo de los nucleósidos (ITINN) consigue reducir la carga viral y producir aumentos notables de CD4 (los linfocitos a los que ataca el VIH).

Un año más tarde, la presentación de los resultados del tratamiento antirretroviral de gran actividad (TARGA) cambia el curso de la pandemia. En el Congreso Internacional sobre el SIDA de Vancouver de 1996 se presentaron los datos de la combinación de tres fármacos: AZT, Lamivudina  y un IP, que demostraba que el virus se podría controlar y volverse indetectable.

A partir del 2000 podemos hablar de un gran desarrollo de los TAR que facilitan la atención al paciente. A nivel social, se conocía más acerca de la infección, de los factores de riesgo para la transmisión y se habían desterrado falsos mitos.

Actualmente, las personas con VIH que toman el tratamiento antirretroviral, no transmiten el VIH porque su carga viral es indetectable. El efecto secundario más grave del VIH es el estigma.

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